La desilusión del narciso

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17 septiembre, 2015 por El Periódico de Belén

Eco e Narciso (1903), John William Waterhouse.

Por: María Amalia Zamora

Algunos meses atrás leí un artículo de opinión del periódico La Nación de don Fernando Araya, quien escribió sobre los tipos de narcisos que existen en estos tiempos. Recordemos que la historia de Narciso surge de la mitología griega y aunque hay muchas versiones; me referiré a la clásica que cuenta que la ninfa Eco se enamora de un vanidoso joven llamado Narciso, hijo de la ninfa Liríope quien preocupada por el bienestar de su hijo, decide consultar a un vidente sobre el futuro de su hijo, diciéndole este que Narciso viviría hasta una edad avanzada mientras nunca se conociera a sí mismo.

Un día Narciso sintió sed y se acercó a beber agua de un arroyo. Al verse reflejado en las aguas, quedó fascinado por la belleza de su propio reflejo y sin atreverse a beber por miedo a dañarlo, fue también, incapaz de dejar de mirarse.  

Al no poder tener el objeto de su deseo, Narciso se lanza a las aguas y se ahoga. En el lugar donde su cuerpo yacía, creció una flor que llevaría por nombre narciso.

No obstante, a esta historia mitológica, Araya crea una clasificación de los “narcisos” de la época actual y define tres tipos.  El habla del narciso político que es aquel que se percibe a sí mismo “como el centro de la sociedad, su hacedor y benefactor; el analista para quien sus análisis son un regalo de sabiduría, belleza y perfección; el escritor que se extasía en su obra como si hubiese salido de las manos de algún dios; el ideólogo, ese manipulador incorregible, para quien su ideología es la salvación de todo ser humano; […] el artista que dice ser lo mejor que ha parido el universo; el militante de algún partido político para quien no existe nada más bello que su partido, siendo él expresión de esa belleza”.

Posteriormente, definió al narciso colectivo que “se proclama salvador, encarnación de alguna misión trascendente y cuasi eterna que lo hace acreedor de la mayor belleza posible, de lo más hermoso, lúcido, amoroso, inteligente, pacífico y perfecto; aquello que los demás mortales deben amar y desear sin tibiezas”.

Y también definió al narciso cósmico. Este último logra “niveles de bufonada y ridiculez cósmicas cuando no solo se proclama la propia belleza como la mejor y más perfecta de este mundo, sino de todos los mundos posibles. […] se siente merecedor “de amor, honor y gloria”.

 Lastimosamente no habla don Fernando Araya de la desventura del narciso zaguate, es decir, aquel impuro que surge como resultado del cruce entre el narciso político y el narciso colectivo.

Este tipo de narciso es románticamente un desilusionado.  Se desilusiona cuando se acerca a un partido pretendiendo una posición sin haber nunca trabajado, ni aportado, ni siquiera mostrado un interés legítimo por el bienestar del cantón.  Soberbio se acerca solo por su cuota de poder.

Este narciso cree, que su título profesional o por su buen verbo lo hacen la persona idónea y con potencial de salvador. Además, le duele profundamente, a este narciso, el que otros no le rindan pleitesía ni le crean redentor. Vocifera cual lobo herido, pero no las heridas de un partido propio que oportunidad le quitó.

No concibe el tener que pedir permisos y del porqué las cuentas deber rendir. Este narciso, señoras y señores, a otro lado deberá ir a dormir.

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Un pensamiento en “La desilusión del narciso

  1. Victor dice:

    Me gustó mucho este artículo, sigan adelante

    Me gusta

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