La maldición de las cuatro esquinas. Parte II.

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3 febrero, 2016 por El Periódico de Belén

jinete

Y chapoteando en barro cabalgó para no regresar jamás.

  1. Danilo Pérez Zumbado.

Merceditas había rumiado toda la tarde las nuevas que le tenía al padre Terencio cuando apareciera. Dado su puesto le llegaban muchas confidencias; en la Casa Cural la gente siempre dejaba algo flotando en el aire y en la calle, no faltaba quien le lanzara indirectas, preguntas o susurros al oído. Con los demás era persona prudente pero, con el padre, no escapaba al regusto de la chismografía pueblerina. Poco después de que Terencio –como lo llamaba en su interior- la contratara empezaron a llegar los comentarios. Que estaba  vinculado con familias ricas y políticos de turno, le gustaban las faldas, venía de una familia muy pobre, a veces se dejaba parte de las limosnas y disimulaba sus debilidades con una  moral de fratichelli; no era un dechado de virtudes pero era buena gente. Así conoció los enredos en que estaba metido. Eso le dio cierto poder de manera que le pasaba averiguaciones, guardaba otras y ambos tejieron una amistad basada en la confianza y en la necesidad de Terencio de saber por dónde andaba la procesión.

Cuando Merceditas reparó en la expresión del cura no supo si era producto de sus  indigestiones estomacales o de una iracundia inesperada; constató inmediatamente que tenía la mano llena de mierda y, ante la sorpresa, tartamudeó, un par de palabras. Terencio no reparó en ellas, atravesó como una tromba el comedor y se fue hasta la pila donde empezó a limpiarse la inmundicia.

Malditos, impíos, difamadores – gritaba airadamente- ya les llegará el día que paguen por sus tropelías.

Merceditas, primero anonadada, fue saliendo luego de su asombro:

-Pero ¿qué le pasa padre Terencio?

-¿Cómo que qué me pasa? ¿no ves que tengo la mano llena de mierda?

-Sí, si bueno ¿pero de dónde?

-De la perilla, mujer, de la perilla. Un maldito la puso ahí. “Sotillo”, “Carafloja”, Ñor Doroteo. Alguno de esos malnacidos que hablan pestes de mí.

-¡Qué pena, padre Terencio! Pero ya que estamos en esto, le tengo malas noticias, no ve que vino Timoteo, el mandador de don Felipe, y dijo que para las fiestas de la parroquia solamente le va mandar un par de ternerillos.

-¿Cómo que un par de ternerillos? Si me había prometido cuatro novillas.

-Yo no sé, algo raro está pasando. Anda gente hablando más de la cuenta. Juanita Meléndez me dijo que le contaron que don Felipe está disgustado porque usted se reunió con los masones en Heredia.

-¡Por dios santo!, ¡ya no se puede reunir uno con un viejo conocido!

-Ah, se me olvidaba, doña Casimira mi dijo ayer que no está segura que pueda donar el picadillo de papa que le había prometido.

El padre Terencio enmudeció y en su rostro aumentó la rabia. Sin decir las buenas noches, se dirigió al cuarto y cerró la puerta de un golpazo. Adentro intentó el rito de las  oraciones nocturnas pero le resultó imposible realizarlas. Se aseó con desidia y, antes de tirarse a la cama, escuchó el giro de las llaves cuando Merceditas salía de la casa. No hubo forma de concebir el sueño. La noche le resultó un infierno. En medio de sobresaltos, alucinaba que una masa nauseabunda subía despaciosamente por el brazo derecho y atiborraba su nariz; se veía metido en la cama con doña Rosario mientras “Sotillo” le señalaba con el dedo en medio de una carcajada atronadora o descubría  a Ñor Doroteo y sus compinches, en la taquilla de los Sánchez, soltar rumores sobre los manejos de la plata de la iglesia. Amaneció y no reparó en el desayuno, sino que una idea fija se apropió de su mente, convocaría a esa turba de feligreses ingratos para decirles cuatro verdades.

A las siete de la mañana, le dijo a Merceditas que llamara a los monacillos y les encargara a unos preparar los ornamentos y a otros llamar a misa inmediatamente.  Dos de ellos, guindados de los mecates del campanario, repiqueteaban interminablemente. La gente se extrañó de que, a mitad de semana, se estuviera llamando a misa, sin embargo, un grupo considerable se aglomeró frente a la iglesia; el padre Terencio salió con la cruz alta flanqueado de dos monacillos que portaban sendos ciriales y comenzó una procesión alrededor de la iglesia. En cada esquina, vociferó contra la vida y la hacienda de la feligresía y culminó el periplo en el púlpito preso de la ira.

  • Malditos los granujas, mentirosos e infames que irrespetan la sagrada representación de Nuestro Señor Jesucristo en  esta villa. Malnacidos serán los hijos de quienes siembran discordia, calumnian y dañan las  leyes de la Santa Madre Iglesia. Por cada esquina de este templo pagarán sangre y dolor las generaciones futuras y esta porquería de pueblo no levantará cabeza hasta que se cumplan estos juramentos.

Finalizada la terrible prédica, el padre Terencio bajó del púlpito todavía convulso y tembloroso. No regresó al altar a terminar la misa sino que, con un movimiento brusco, buscó la puerta de la sacristía; adentro reventó la sotana y la estola, recogió el maletín de cuero y salió por la parte trasera de la iglesia. Afuera esperaban, amarrados a un madero negro, un burro con dos enormes valijas y una yegua blanca. Terencio se montó en la yegua y chapoteando en barro cabalgó para no regresar jamás.

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