La maldición de las cuatro esquinas

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10 junio, 2016 por El Periódico de Belén

Segunda Muerte

VII. Le gustaban las películas mexicanas¨.

 

Por Danilo Pérez Zumbado.

 

Para Bolívar Rodríguez Murillo.

Tite Chaves frecuentaba los potreros de Ojo de Agua en busca de codornices. Cuando picoteaban el suelo, las asustaba para que levantaran vuelo y luego se dedicaba al tiro al blanco. Revólver en mano descargaba el tambor y luego se deleitaba contando codornices muertas. Se jactaba de su buena puntería. Desde niño le gustaban las bestias y las historias del oeste norteamericano. Primero fueron las historias de Kid, fuera de la ley, Billy the Kid, Jesse James y Wild Bill Hancock. Y de jovencillo no se perdía las cintas mexicanas o norteamericanas de colonos, aguaciles y bandidos, unos protegiendo ranchos, otros enfrentando duelos y los demás persiguiendo diligencias. Le encantaban las películas mexicanas, en particular, el Peñón de las ánimas y no se cansaba de ver las norteamericanas El último hombre del valle o Juntos hasta la muerte en el viejo Teatro Heredia o en las modernas salas Palace, Capitolio o Ideal en San José.

Aquella corriente de aventuras afluía fácilmente por su mente. Dormido o despierto se veía pistola en mano enfrentando temibles pistoleros, robándose la novia de algún caserón colonial o tiroteando desde de una diligencia seguida de una cuadrilla de malhechores. Gracias a la  generosidad de su abuelo no tuvo que dedicarse al trabajo; y  por aquella misma condescendencia poco tuvo que esperar para tener un caballo tinto y, lo del revolver 38, fue cuestión de tiempo. Pronto el agraciado mozo andaba por la Guácima, Ojo de Agua y San Antonio, trotando en caballo colorado, pistola a la derecha, cuchillo a la izquierda y camisa vaquera repleta de ojetes y barbas colgando de las hombreras. En las cantinas aprendió, con los viejos tomadores, aquello de que “para ser hombre, había que oler a monte, guaro, tabaco y mujer”.

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Y lo que inició como una inofensiva diversión fue tomando caminos enrevesados. c El licor y las malas juntas tuvieron  efectos indeseables pero que, en el furor de las correrías, terminaron por ser meros gajes del oficio. Tite era buena gente – decía la gente-  y sus conocidos afirmaban que había mala fe en las historias que discurrían en noches de cantina. Para algunos Tite no pasaba de ser un joven enamoradizo y soñador; alguien quien le gustaba lucir su elegancia sobre el lomo de un caballo y tratar de seducir muchachas a punto de serenatas. Hubo, incluso, quienes aseguraban que era malo para las peleas y recordaban que un día, borracho, intentó a la fuerza meter el caballo en la cantina de los Hermanos Rojas en San Antonio y Aníbal Rojas le propició una buena tunda. Lo cierto es que también corrían rumores de que en La Garita le había macheteado la oreja a un pobre cristiano o que en la Calle del Tajo de San Rafael había tiroteado a un viejo policía que, cuando jovencillo, le había hecho la vida imposible. Y poco años después estaba sindicado de hechos sangrientos mayores que, aunque la gente aseveraba nunca habían sido probados, le depararon la persecución de efectivos del Resguardo desde hacía tiempo. Así comenzó para Tite un periplo de fugas y escondites que, entre la realidad y la ficción, lo llevaron paulatinamente a vivir en carne propia las peripecias de Juan Charrasqueado y Billy the Kid. En ocasiones se le vio acompañado por hombres armados en la Calle la Cañada y allí mismo, después de ser acusado de participar en la muerte de los hermanos Zamora de Santo Domingo de Heredia, tuvo un enfrentamiento con la policía que dejó como secuela la muerte del caballo y un escape atravesando potreros y cafetales hasta desaparecer no se supo dónde. Lo de la muerte de los Hermanos Zamora, una pareja de hermanos viejos y solitarios, era cuestión seria. La policía y el Comandante de Heredia, Abel Hernández, le seguían los pasos desde tiempo atrás.

El día que lo mataron venía de San Rafael de Ojo de Agua, no parecía estar alarmado por persecuciones, andaba con algunos tragos y, en San Antonio, paró en la cantina de Lito Peraza, diagonal a la esquina de la iglesia. Allí  pidió una sangrita antes de seguir tomando. El aguardiente le reventó las imaginaciones y, en segundos, se vio en Rio Escondido, como Emilio Fernández, sombrero de ala ancha trotando un corcel de raza.  Se montó a duras penas en el caballo camino a la Asunción, luego giró la rienda de vuelta a San Antonio. Pablo Murillo estaba en el corredor de la casa y divisó a la distancia un caballista zigzagueante. Cuando arribó frente a la casa, Tite se veía muy mal, se cayó de la bestia, entonces, Pablo reparó cómo su padre lo ayudó a montarse en el caballo.  Regresó a la Belén, y se movió por  la calle del lado este de la iglesia.

Aquí las versiones se bifurcan. Para algunos, el comandante Abel Hernández lo esperaba detrás de la gruta, le salió al paso con el arma en mano, detuvo la bestia y, poco después de que Tite volteara y le dijera “ah, es usted”, le descargó de plano un tiro en la mitad del rostro.  Para otros, Tite intuyó la presencia de la policía,  soltó la rienda para acelerar el paso y, a escasos pasos de la huida, el comandante brincó sobre la grupera  del caballo y le disparó a quemarropa por la nuca. En todo caso, cuando Tite desangraba recordó cuánto le gustaban las películas mexicanas.

 

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