La maldición de las cuatro esquinas VIII: Ah, pero ese se ahogó de beber guaro.

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15 julio, 2016 por El Periódico de Belén

borracho

 

Danilo Pérez Zumbado.

 

Prudencio Torres cuando jovencito no era un mal tipo y sin ser una guapura tenía suficiente porte para no pasar desapercibido a las mujeres pero tenía una inseguridad que rayaba con la parálisis. Aquello tenía que ver con un adoctrinamiento iglesiero que le plantó una barrera casi insalvable con las mujeres y ni qué decir del sexo que tenía inscrito como una actividad rastrera.

Las lecciones del catequismo dictadas por el cura Borge, en su infancia, habían hecho mella y se comportaba con tal timidez que parecía estar siempre abrumado por aquella sentencia del rezo de La Pasión que decía “pecados cada día, pecados cada noche”. Así que Prudencio se movía en el mundo con “pies de plomo”, asegurándose no por convicción sino por miedo de no caer en las trampas del demonio.

Pero como toda prohibición tiene su portillo, le dio por tomarse un trago de vez en cuando en la taquilla de don Jerónimo y bien que le gustó la costumbre porque de un trago pasó a dos, de dos a tres y así aprendió a sumar con un éxito sin precedentes. La suma de tragos era, al principio, comedida; con los reales que se ganaba jornaleando varias veces a la semana le alcanzaba y, de paso, podía arrimar algo a la casa.

 

Pero la situación empeoró. Algunas voces agoreras decían que ya se empezaban a ver con claridad las consecuencias de la maldición que le había echado a San Antonio un malnacido padre, pues la vida se puso cuesta arriba. Los finqueros de la zona ya no contrataban mano de obra aparte de los peones fijos que tenían, los comerciantes se presentaban a la Municipalidad pidiendo que les bajaran los impuestos de taquillas, pulperías, carnicerías y bazares pues no ganaban ni siquiera para pagar los costos. El Jefe Político se quejaba de no disponer dinero para limpiar los desagües, transformados en ciénagas con la llovedera, ni para arreglar el puente San Nicolás que unía a San Antonio con Santa Ana. El pueblo se convirtió en un hervidero de desocupados que, más tarde que temprano, dedicaba sus horas a jugar a las cartas, comerse a medio mundo y gastar los pocos cincos disponibles en beber guaro.

Prudencio estaba entre las víctimas del desempleo, no más jornales semanales; una vez perdida aparecía un trabajo que no alcanzaba ni para tomarse un trago y aumentaba el lamento de su padre porque no arrimaba ni un cinco a la casa. Las cosas fueron de mal en peor, primero cometió el bellísimo pecado de enamorarse de Rosita, la hija de un rezador que el cura Borges designó para enseñar el catecismo y después tuvo la espléndida idea de hablar con Sotillín, familiar del famoso Sotillo quien mantenía una vieja saca de guaro en las orillas del río Virilla, para ofrecerse como repartidor de guaro de caña.

 

Para entrarle a Rosita vivió un infierno pues, además, de debatirse entre sus miedos y prejuicios, cada vez que se le acercaba solo atinaba a tartamudear. Con respecto a lo segundo, la idea no estaba mal porque la gente seguía consumiendo el néctar a pesar de la pobretería pueblerina; alguien podría imaginarse que este oficio le generaría buenos pesos. Pero las cosas no pintaron como parecía, el padre de Rosita, lector obsesivo de la santa doctrina, le negó rotundamente la entrada a la casa y se encargó de azuzar en la muchacha la imagen de borracho y jugador del pretendiente, lo que sumió al jovenzuelo en la tragedia del desamor. Sotillín lo aceptó como repartidor pero, a condición de que el pago fuera

mitad en pesos y mitad en especie, pues le afirmó que el negocio no era tan boyante como la gente decía.

 

Prudencio aceptó en medio de una fuerte crisis emocional, se dedicó a la entrega a domicilio del guaro de contrabando, siempre presa de la zozobra de que lo agarrara el resguardo fiscal. Los pesos que ganaba eran tan miserables como las minucias que obtenía, en otros tiempos, haciendo de orillero en la hacienda de algún potentado. En estas circunstancias sólo le quedaba el pago en especie, unas cuantas botellas de guaro de contrabando; al principio intentó colocarlas para aumentar los ingresos pero, ya se lo había dicho Sotillín, “el negocio no es tan boyante”. Los consumidores tampoco tenían plata y todo lo pedían a crédito para no pagar jamás.

 

En estas magras circunstancias Prudencio optó, para matar sus penas, por tomarse los sobros de guaro que no podía colocar, de manera que pasó de sumar a multiplicar los tragos. Y en eso se le empezó a ir la vida. Vivía en casa de sus padres, al lado de una de las esquinas de la iglesia de San Antonio. Al frente de ella, había una enorme caja de registro conectada a una gruesa alcantarilla por donde corrían las aguas llovidas que se embalaban desde el este. La caja, recién construida, tenía una tapa fuerte y bien colocada sobre la cual Prudencio acostumbró a sentarse todas las tardes para rumiar sus desamores y exiguas alegrías casi siempre devastado por el sopor de la mona.

 

Era un buen sitio pues tenía la panorámica del centro del pueblo: frente a sus narices, estaban la línea del ferrocarril y la iglesia. De la última eran visibles las gradas semicirculares que subían hasta la fachada, las bancas de cemento también semicirculares del lado oeste, la arboleda que cubría el lateral sur y por encima de aquella la cúspide puntiaguda de las torres. Hacia el oeste, se extendía la plaza de futbol que, alguna vez fue un parque, pues en su centro todavía estaban las bases de un antiguo quiosco donde se presentaba la filarmonía municipal. Y en el fondo noroeste se erigía con cierta elegancia el complejo de edificios del Teatro Belén y la Casa de las Hermanas Salesianas. Prudencio gustaba de gastar el tiempo contemplando el movimiento de las gentes y las cosas desde su sitio favorito, en particular le deslumbraban las tardes agónicas cuando a la caída del sol, un collage de colores se expandía como un incendio para deleite de los dioses. Ahí estaba él y la botella, eterna compañera de penurias y sueños alicaídos. Muchas veces perdió el sentido, en verano o en invierno, encarcelado por las garras del alcohol.

 

El tiempo le cobró a Prudencio sus ingestas con dolencias corporales y la tapa de la caja de registro, golpeada por los estragos de los caudales, fue mutando hasta convertirse en una boca abierta y peligrosa. Una tarde de invierno Prudencio creyó ver el paso flamígero de un ave solitaria en la cúpula del cielo mientras la lluvia crecía y crecía hasta convertirse en tormenta. Se inclinó para mirar arriba, tomó sendos tragos y sintió que el fantasma del sueño lo halaba vigorosamente. Entonces, arrebolló inconscientemente su cuerpo sobre la boca peligrosa y la correntada lo engulló como un tiburón se traga una langosta. Cuando en el pueblo anunciaron su muerte, alguno dijo “Ah, pero ese se ahogó de beber guaro” y doña Casimira recordó que su madre le decía “que va muchacha, con eso de la maldición del padre, dicen que hasta habrán muertes en las esquinas de la iglesia”.

 

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