Belén: caminos y vocación peregrina.

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22 septiembre, 2016 por El Periódico de Belén

 

 

Danilo Pérez Zumbado.

Belén fue parte del reino hüetar de Garabito en tiempos precolombinos. En  aquel entonces, los indígenas trazaron sendas para comunicar regiones y cacicazgos. Conquistada la provincia de Costa Rica, las fuerzas españolas utilizaron los trillos para el dominio político y la expansión económica. Carlos Molina M. de Oca,  en su libro “Y las mulas no durmieron” (2005) realiza una excelente ilustración sobre los arrieros (y los caminos) de Costa Rica del siglo XVI al XIX. Allí encontramos referencias específicas a  Belén. Una ruta fundamental de la época fue el camino real a Panamá que constituyó la vía entre México y la ciudad de Panamá. En 1601 fue complementado el tramo faltante de esa vía, en Costa Rica, entre Pacaca Vieja (Tabarcia de Mora) y Chiriquí. Este camino se montó sobre las antiguas veredas indígenas. Molina menciona cinco segmentos entre Aranjuez y Chiriquí en Panamá,  sin embargo,  aquí, mencionamos solamente rutas que vinculaban el Valle Central con dicha ruta. Uno de esos entronques era el “Camino de las Pacacas” que unía Quebradillas de Cartago, Guatuso, Alajuelita, San Felipe, Los Tejarcillos, San Antonio de Escazú y Pacaca. Otro empalme importante fue “El camino de los pozos” (dirección noreste-suroeste) que “salía del Valle de Barba, pasaba por Belén, cruzaba el Virilla en el “paso de las mulas” y (…), bordeaba el costado oeste de los cerros de las Palomas, donde hacía un alto en el sitio de Santa Ana” (pag. 401), para unirse al “Camino de las Pacacas” en San Antonio de Escazú.

Éstos servían para trasegar mercancías por medio de mulas; eran estrechos, curvados y, en algunos tramos, riesgosos pues debían circundar cerros, despeñaderos y vadear ríos. Las recuas de mulas se movilizaban por los desfiladeros con arrieros, unos orientando, en la punta, y otros, previniendo, en la retaguardia. El sitio, hoy conocido como Belén, era lugar  de tránsito. De manera distinta, en el siglo XVII, Pacaca (cantón Mora) y Barba eran  poblados importantes. En este último, “existían seis potreros realengos, gratuitos, para los forasteros que llegaban con partidas de mulas, y las encerraban para su engorde y descanso” (pags. 401-02). Un elemento indicador del carácter circulatorio de la zona es que,  años más tarde, en el “paso de las mulas” se construye el “Puente Mulas” (conocido antiguamente como Puente de “San Nicolás”). Esta perenne movilización deja un hilván, como huella, en el cantón que se aprecia actualmente, en los vestigios del “puente de mulas”. Faltarían muchos años para que otro camino atravesara, en dirección este-oeste, el cantón con vocación similar al Camino de los Pozos: el transporte de bienes. Dada la creciente producción cafetalera, en los  cuarenta del siglo XIX, el gobierno de Alfaro decide la rehabilitación del viejo camino del Río Grande, de manera que, entre 1844-1846, se termina la  carretera para el transporte del café hasta Puntarenas. Parte de ésta viene, por el este, de Lagunilla y  Barreal de Heredia, cruza Belén, prosigue hacia el oeste hacia Atenas y culmina finalmente en Puntarenas.

A mitad del siglo XIX, surgen referencias, en documentos oficiales y eclesiásticos, sobre lugares de lo que conocemos como Belén: en 1846 San Antonio aparece como un barrio y en 1848 Potrerillos figura como distrito parroquial. Es decir, había empezado el asentamiento de familias de manera incipiente. No obstante, el poblamiento  de Belén persistía teniendo un carácter de sesteo. A la altura de mitad de los noventa, existía en San Antonio la Casa del Guapinol (sesteo de gran significación cultural), que terminó siendo destruida para construir el desagradable cajón que hoy alberga la ferretería El Lagar. Un dato sobre el sentido efímero de Belén es que en 1896, existía un servicio de carruajes, cuyo itinerario era: “Belén, Ciruelas, los llanos del Carmen, la Calle de Limón, Horcones, donde las diligencias esperaban las mulas con el correo de Puntarenas, y se aceptaba el trasbordo de pasajeros” (pag. 515), de vuelta éstas pasaban por la Garita y regresaban de nuevo a Belén. Finalmente, cabe recordar del texto de Manuel Argüello Mora, “Obras literarias e históricas” (2007), una alusión a Belén de mayo de 1857, según la cual los pobladores esperaban el paso del ejército expedicionario, vencedor de Walker, a lo largo de “una sola calle como de un kilómetro de largo, a uno y otro lado de la cual han construido sus casas las lindas belemitas” (pag. 397).

Siguiendo esta alusión a  las huellas, recuerdo, a finales de los noventa, el viaje que realizara a La Serena en Chile.  Visitamos un observatorio astronómico; en el camino me sorprendió la aridez del paisaje y, en particular, las líneas curvadas, en las montañas, que caían desde su cúspide hasta sus pies. Le pregunté a un amigo chileno y me explicó que eran indicios de la última lluvia caída, pues las corrientes dejaban las señales del descenso y allí se mantenían inalterables hasta la próxima precipitación.

Así también, en el ser humano, el rostro es el sitio donde anidan las huellas de la vida. Los surcos en la piel dicen de nuestras alegrías y tristezas. También los territorios muestran el trajinar del ser humano sobre sus lomos. Si miramos desde la altura, veremos las huellas del eterno bregar del ser humano sobre la tierra. Los caminos son huellas de los pueblos en la incesante tarea de sobrevivencia. Y en Belén nos cuentan de su inclinación peregrina.

 

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